domingo, 20 de enero de 2019

Hijos e hijas de Dios

Uno de los himnos más bellos que cantamos en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es Soy un hijo de Dios. Ese título expresa una verdad absoluta que se aplica a todo ser humano, y tiene el poder de guiarnos para encontrar felicidad pura en tiempos de cambio e incertidumbre.

La felicidad de los niños

Pensemos en niñas o niños que sean cercanos a nosotros. Sea que se trate de hijos, sobrinos, nietos o alumnos (por nombrar algunos ejemplos), ver sus caritas brillando de felicidad nos llena el alma de gozo. Las cosas que son valiosas para ellos se vuelven importantes para nosotros, por más que inicialmente difieran de nuestros intereses o no las entendamos. Recuerdo esto en la mirada tierna de mi madre mientras yo le contaba sobre mis clases de Cálculo avanzado en la universidad. También lo veo a diario cuando mis hijas pequeñas me cuentan sobre sus personajes de dibujos animados preferidos y sus sueños. El Señor enseñó en Mateo 7:11:
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?
Nuestro Padre Celestial no tiene las limitaciones que tenemos los padres terrenales. Él tiene la capacidad de entender y ver todas las cosas. Se alegra con nuestros triunfos, se apena en nuestras tristezas, y siempre está pendiente de nosotros. Desarrollar el don de vernos a nosotros mismos y a los demás como Él nos ve puede transformar nuestra eternidad. Pensemos en cómo serían diferentes nuestras vidas si al mirarnos al espejo viéramos a un amado hijo o hija de Dios con el potencial de ejercer fe en Cristo y bendecir a sus semejantes mediante el servicio desinteresado. Consideremos cómo cambiarían nuestras congregaciones si al mirar alrededor viéramos compañeros y compañeras de jornada, en vez de rivales o extraños, en nuestro viaje de regreso a la presencia del Padre.

A semejanza de Cristo

Moisés 1:6 nos dice:
Y tengo una obra para ti, Moisés, hijo mío; y tú eres a semejanza de mi Unigénito; y mi Unigénito es y será el Salvador, porque es lleno de gracia y de verdad... y para mí todas las cosas están presentes, porque todas las conozco.
En mi opinión, el uso de la palabra semejanza en ese pasaje se refiere a más que la apariencia física. Es más que tener piernas, brazos, oídos, ojos, nariz y boca como Cristo. Creo que también significa que llevamos impreso en nuestro ADN espiritual la semilla de la divinidad, lo que nos conduce a mirar hacia adelante con esperanza y nos alienta para superar cualquier dificultad que encontremos. El Salvador comprende cualquier desafío porque Él lo experimentó primero precisamente para poder entendernos (Alma 7:11-12). Él puede extender Su mano a través de un amigo, familiar, o incluso mediante un extraño - y también por sí mismo.

1 comentario:

  1. A veces, solo hace falta un oído que realmente escuche, un alma genuinamente interesada en comprender...

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